"Enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén." Jesús. (San Mateo 28:20).
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BIBLIA: La disciplina del Señor
La Biblia, Nuevo Testamento, Hebreos Capítulo 12
La disciplina del Señor
1
Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor
nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que
nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante,
2
puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de
la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando
el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios.
3
Considerad a aquel que sufrió tal contradicción de
pecadores contra sí mismo, para que vuestro ánimo no se canse hasta desmayar.
4
Porque aún no habéis resistido hasta la sangre,
combatiendo contra el pecado;
5
y habéis ya olvidado la exhortación que como a hijos
se os dirige, diciendo: Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor, Ni
desmayes cuando eres reprendido por él;
6
Porque el Señor al que ama, disciplina, Y azota a
todo el que recibe por hijo.
7
Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a
hijos; porque ¿qué hijo es aquel a quien el padre no disciplina?
8
Pero si se os deja sin disciplina, de la cual todos
han sido participantes, entonces sois bastardos, y no hijos.
9
Por otra parte, tuvimos a nuestros padres terrenales
que nos disciplinaban, y los venerábamos. ¿Por qué no obedeceremos mucho mejor
al Padre de los espíritus, y viviremos?
10
Y aquéllos, ciertamente por pocos días nos
disciplinaban como a ellos les parecía, pero éste para lo que nos es provechoso,
para que participemos de su santidad.
11
Es verdad que ninguna disciplina al presente parece
ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia
a los que en ella han sido ejercitados.
12
Por lo cual, levantad las manos caídas y las
rodillas paralizadas;
13
y haced sendas derechas para vuestros pies, para que
lo cojo no se salga del camino, sino que sea sanado.
14
Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual
nadie verá al Señor.
15
Mirad bien, no sea que alguno deje de alcanzar la
gracia de Dios; que brotando alguna raíz de amargura, os estorbe, y por ella
muchos sean contaminados;
16
no sea que haya algún fornicario, o profano, como
Esaú, que por una sola comida vendió su primogenitura.
17
Porque ya sabéis que aun después, deseando heredar
la bendición, fue desechado, y no hubo oportunidad para el arrepentimiento,
aunque la procuró con lágrimas.
18
Porque no os habéis acercado al monte que se podía
palpar, y que ardía en fuego, a la oscuridad, a las tinieblas y a la tempestad,
19
al sonido de la trompeta, y a la voz que hablaba, la
cual los que la oyeron rogaron que no se les hablase más,
20
porque no podían soportar lo que se ordenaba: Si aun
una bestia tocare el monte, será apedreada, o pasada con dardo;
21
y tan terrible era lo que se veía, que Moisés dijo:
Estoy espantado y temblando;
22
sino que os habéis acercado al monte de Sion, a la
ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial, a la compañía de muchos millares
de ángeles,
23
a la congregación de los primogénitos que están
inscritos en los cielos, a Dios el Juez de todos, a los espíritus de los justos
hechos perfectos,
24
a Jesús el Mediador del nuevo pacto, y a la sangre
rociada que habla mejor que la de Abel.
25
Mirad que no desechéis al que habla. Porque si no
escaparon aquellos que desecharon al que los amonestaba en la tierra, mucho
menos nosotros, si desecháremos al que amonesta desde los cielos.
26
La voz del cual conmovió entonces la tierra, pero
ahora ha prometido, diciendo: Aún una vez, y conmoveré no solamente la tierra,
sino también el cielo.
27
Y esta frase: Aún una vez, indica la remoción de las
cosas movibles, como cosas hechas, para que queden las inconmovibles.
28
Así que, recibiendo nosotros un reino inconmovible,
tengamos gratitud, y mediante ella sirvamos a Dios agradándole con temor y
reverencia;
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